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Miedo

Es menor un peligro real que un horror imaginario
Macbeth

Principios de diciembre. Tras las últimas nevadas, el tiempo nos obsequia con una tregua, quizás, demasiado larga.

Desde Valsaín, me interno en un bosque donde la nieve ha desaparecido por completo.

Alcanzo el chozo Aranguez, y, con la intención de hacer cima, me dirijo al surco central izquierdo de la enorme ladera noroeste de Peñalara.

Aquí sí hay nieve: una capa blanda y no muy profunda, que permite que aflore intermitentemente el sustrato rocoso.

En esas estoy, cuando oigo unos ladridos que parecen proceder de la montaña. Me sorprende, pero no le doy mayor importancia.

Mi sorpresa es aún mayor cuando, a unos 2.100 metros de altitud, me topo con un perro. Es un perro pequeño, famélico, casi en los huesos. Tiene chip y pinta de ser animal de compañía. Por su aspecto se diría que lleva varias semanas perdido.

perro

Pero ¿por qué no ha bajado a las praderas del chozo Aranguez? Están cerca y a la vista, y allí, al menos, no hay nieve, y sí agua en abundancia.

Lo primero que pensé es que tendría algo roto. Sin embargo, el can se movía, con torpeza pero sin grandes problemas, hacia la derecha y hacia la izquierda.

No tardé en descubrir lo que le sucedía.

PeñalaraLa flecha señala el lugar donde se encontraba el perro. La foto es de 10 días antes; el animal ya estaba allí.

Tenía que bajarlo de allí o moriría sin remedio. Pero el animal se limitaba a mirarme y se negaba en redondo a seguirme. Ante mi insistencia, terminó por hacer un amago de bajada: echó una pata hacia adelante y, entonces, todo su cuerpo empezó a temblar desaforadamente. El perro estaba aterrorizado; aunque la pendiente era fácil, lo aterrorizaba la idea de bajar.

perro con bastón

A modo de correa, conecté uno de mis bastones a su collar para obligarlo a seguirme. Ese simple gesto pareció infundirle algo de tranquilidad, aunque al principio tuve que tirar de él. Poco a poco, fue cogiendo confianza y acabó saltando alegremente entre las piedras y la nieve.

Una historia con final feliz.

Si nadie lo hubiera auxiliado, el perro habría muerto de hambre, de sed o de frío. Pero la verdadera causa de su muerte habría sido el miedo.

El miedo a un peligro real puede salvarnos la vida. Pero el miedo imaginario, el miedo a un peligro inexistente puede acabar con nosotros.

Lo malo es que para el que lo siente resulta imposible discernir ambos miedos.

Agradecimientos:

A Ana (del Centro Visitantes Peñalara), por su simpatía al atenderme por teléfono, y por su eficiencia al gestionar la situación movilizando al personal de la vertiente segoviana del parque.

A Pedro (del Centro de Montes y Aserradero de Valsaín), por subir hasta el chozo Aranguez para hacerse cargo del perro.

Sin la ayuda, la amabilidad y el interés de estas personas, quizás el final hubiera sido otro.

 

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