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Cuchallón de Villasobrada

Visto desde cualquier sitio, el Cuchallón de Villasobrada es una montaña que impresiona. Sus hechuras de cumbre inaccesible y salvaje, vertical por casi todos sus costados, su temida llambria y su fama de mala roca la han abocado a la soledad dentro de ese reino de soledades que, con la excepción de Peña Castil, forman las torres que bordean el jou de los Machos.

Cuchallón de Villasobrada

Desde el collado de la Garmona (2265 m), miro de soslayo su violenta traza. «¿Se puede subir ahí?». Y, con más aprensión que otra cosa, tiro por el camino a Collada Bonita.

Cuchallón de Villasobrada

La cara sur del Cuchallón vista desde el collado de la Garmona.

El luminoso escenario de la cabecera del valle de las Moñetas no consigue esta vez espantar mis escrúpulos, y avanzo por él con la fingida calma de quien solo pretende demorar un encuentro inquietante.

Una vez en el collado noroeste del Cuchallón (2311 m, 1,7 km), en lugar de subir a la cercana Collada Bonita, viro a la derecha y, perdiendo la menor altura posible, comienzo a bordear la cara norte de mi objetivo.

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

El Cuchallón visto desde el jou de los Machos.

Al alcanzar el hombro que une el Cuchallón con la cota 2263 (2280 m, 2 km), se muestran de repente las abruptas canales de la vertiente noreste de la montaña. De aspecto poco amigable y sumida en una casi permanente umbría, la más cercana conserva aún algunos restos de la última nevada y exhibe dos preocupantes estrangulamientos (uno al principio y otro al final). Lo que hay por encima de ella permanece invisible. La moral se agrieta. «Creo que me voy a dar la vuelta».

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

Vía de ascensión por la cara noreste de la montaña.

Cuchallón de Villasobrada desde Peña Castil

El Cuchallón visto desde Peña Castil.

Es el eterno combate entre la mente y el corazón, entre el instinto de conservación y el sentimiento. Lo mejor en estos casos es dividir el problema, evitar pensar de golpe en todo lo que queda por delante, centrarse solo en el próximo movimiento, convencer a la mente: «Solo un poco más. A ver cómo es la canal. A la mínima dificultad, abandono».

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

Canal noreste.

Con parsimonia, me pongo el casco y el arnés, y entro en la canal. La roca es aceptable y los agarres buenos. Guiado por un hito, salvo el primer estrechamiento rodeándolo por el lateral izquierdo. De vuelta al fondo de la canal, me topo con un rápel montado con cordinos. Hito, cordinos..., detalles que hacen que todo parezca más amigable, menos sombrío que hace tan solo un instante. «Es más fácil de lo que parecía». Esta vez, al menos de momento, ha vuelto a ganar el corazón.

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

A punto de entrar en la canal.

Continúo trepando por el fondo de la canal hasta llegar al último estrechamiento, que ahora esquivo por la derecha para salir a la pedregosa terraza intermedia.

Me encuentro a 2350 metros de altitud, es decir, en la mitad de la ascensión. De la cima me separa aún un desnivel de unos 70 metros.

Caminando con precaución para no tirar piedras montaña abajo (detrás no viene nadie, pero es bueno conservar los viejos hábitos), alcanzo la llambria.

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

La terraza intermedia y la llambria.

Como una ola gigante de roca inmejorable, con escasos agarres y acusada pendiente, la llambria se interpone en mi camino hacia la cumbre. La mente vuelve a dudar. «Parece demasiado expuesta y, además, desde aquí no veo el final». La mente temerosa, más de la incertidumbre que de la dificultad, es una de las claves de la supervivencia de la especie; el corazón, impulsivo, lo es de sus grandes logros. El equilibrio, a veces imposible, se consigue dándole tiempo a la mente para habituarse al nuevo escenario.

Deambulo durante un rato de un lado a otro, tratando de adivinar cuál puede ser el mejor itinerario: aunque el lateral derecho de la llambria parece más tumbado, el izquierdo, surcado por varios canalizos, ofrece más agarres. Opto por este último. Aligero el peso: me llevo solo la cuerda, unas cintas y la cámara de fotos.

Ascensión al Cuchallón de Villasobrada

La llambria y un posible itinerario para remontarla.

En su parte superior, la invisible desde abajo, la llambria es aún más lisa, pero dos oportunos agujeros me permiten remontarla con seguridad. Unos metros más arriba, tengo a mi disposición un batiburrillo de cordinos para rapelarla.

Si pretende rapelar la llambria, algo aconsejable, lleve una cuerda de, al menos, 60 metros. El resto de la vía se destrepa razonablemente bien.


Cuchallón de Villasobrada desde cueto de la Cuadra

La segunda mitad de la ascensión. Fotografía tomada desde el cueto de la Cuadra.

«Ya está, tengo la cima al alcance de la mano». La mente puede llegar a ser también ingenuamente optimista. La vertiginosa pendiente que tengo por delante, carece de pasos difíciles, pero su roca, muy rota y deleznable, no permite ningún tropiezo. Hay que seguir atento, concentrado, acariciando apenas sus descompuestos recovecos, hasta salir, al fin, a la cumbre (2414 m, 2,3 km), ese lugar, etéreo y fugaz, donde mente y corazón vuelven a hermanarse.

Vistas desde la cima

Desde el collado de la Garmona  
Distancia (ida y vuelta) 4,6 kilómetros
Ascensión acumulada 350 metros

Desde el collado de la Garmona  
Distancia (ida) 2,3 kilómetros
Ascensión acumulada 260 metros

Mapa de la ruta Track
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