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Peñacorada

Peñacorada se puede considerar una de las últimas avanzadillas de la cordillera Cantábrica. Al pie de su ladera meridional, la Depresión de Contacto pone fin a los pliegues y repliegues montañosos, y da paso a la suavidad de las tierras llanas de la Meseta.

Para ascender a su cima, decido dirigirme a Robledo de la Guzpeña, un pueblo de tan sólo una veintena de habitantes, enclavado en el valle del Cea, en la cuenca minera de Valderrueda.
Robledo está al final de una carretera de dos kilómetros y medio que parte de Prado de la Guzpeña, localidad sita junto a la vía entre Cistierna y Guardo.

PeñacoradaEl pozo Herrera II (Sabero), la Peña Perico y Peñacorada.

Prado no cuenta con un pasado minero tan glorioso como el de Sabero, pero los vestigios de su industria carbonera, pese a los muchos años de inactividad, siguen presentes.

Uno de los más destacados es el Poblado de los Cuarteles, erigido en una ladera, como a medio kilómetro al norte del núcleo urbano. Hoy, la mayoría de las viviendas se encuentra en ruinas.
Un poco más allá del Poblado, se conservan, en estado lamentable, los restos de los hornos de coque instalados en los años cuarenta del siglo pasado por Hulleras de Prado de la Guzpeña, la compañía que, con 250 trabajadores en 1965, más incidencia tuvo en la estructura productiva de la cuenca.

En la estructura productiva y en el medio natural, pues la empresa minera comenzó a planificar la explotación a cielo abierto de sus yacimientos en 1967, convirtiendo a Valderrueda en la primera cuenca leonesa donde se aplicó a gran escala esta modalidad de laboreo. Los impactos ambientales de los trabajos aún permanecen en el paisaje, en la forma de escombreras, taludes y grandes focos endorreicos.

También en los alrededores de Robledo se conservan las huellas de su cada vez más lejano pasado minero, como las cortas de la concesión María Luz, abiertas al noroeste del pueblo. Ahora bien, más que por las secuelas de la industria carbonera, Robledo destaca por sus verdes praderas y sus bosques de robles y encinas. Sobre ellos se levanta Peñacorada, la gran nave pétrea cuya proa se adentra en las llanuras meseteñas.

Los setecientos metros de desnivel que median entre Robledo (1.120 m) y la cumbre de la montaña (1.832 m) no presentan dificultades técnicas, pero sí una notable pendiente. Aun así, cualquiera con un mínimo de forma física y acostumbrado a transitar por terrenos pedregosos puede alcanzar la cima.

El camino hacia Peñacorada parte del noroeste del pueblo, es decir, del extremo opuesto al que llega la carretera. Es preciso, por tanto, atravesar el casco urbano. Lo hago por la calle que lo bordea por su parte alta. En el trayecto me aprovisiono de agua en una buena fuente en la que nadan unos insólitos peces de colores. A la altura del chalet «La Varga», el asfalto da paso a una pista de tierra que baja hacia el arroyo Hervencia.

En la primera bifurcación (1.110 m, 0,4 km), continúo por el camino más marcado, descartando la desviación de la izquierda, que cruza el arroyo y se dirige a las antiguas cortas de la mina María Luz, cuyas escombreras, parcialmente colonizadas por la vegetación, llegan casi hasta donde estoy. Enfrente tengo ya la mole de Peñacorada y la línea de alta tensión que enlaza las centrales de La Robla y Guardo.

Antes de llegar a un establo, abandono la pista, cruzo el Hervencia y tomo una senda que asciende entre encinas hasta las ruinas de una vieja majada (1.210 m, 1,7 km): unos cuantos muros de piedra y una precaria fuente (muchas veces sin agua) es todo lo que queda de ella. Las antiguas construcciones han sido reemplazadas por una caseta de hechura moderna. Sin acercarme a ella, entro en el bosque, donde los robles, algunos de buen porte, empiezan a ganarle la partida a las encinas.

Tras saltar el cauce seco de un arroyo, me encamino directamente hacia la montaña, aprovechando una franja despejada de terreno. A derecha e izquierda me sigue acompañando el robledal. Alcanzo así la zona de la ladera repoblada hace algunos años.

Los últimos robles se encaraman hasta los 1.440 metros. Desde aquí observo, a mi izquierda, un poco más arriba, el cono de deyección por donde voy a ascender (el terreno que baja del collado cimero situado al este de la cumbre es más cómodo, por lo que resulta una buena alternativa).
Cuando supero los primeros resaltes, el altímetro marca 1.540 metros. Sigo subiendo directamente por la empinada ladera cubierta de incómodos pedreros, tapizada de enebro rastrero y salpicada de escarpaduras que se salvan sin dificultad.

PeñacoradaDesde la cima, Sabero y las ruinas de Vegamediana.

Una vista llena de contrastes recompensa todos los esfuerzos realizados para alcanzar la cumbre (1.832 m, 3,8 km). A los pies de la gran mole caliza, las cuencas carboníferas de Valderrueda y Sabero conservan sus viejos costurones mineros, unas cicatrices que el tiempo no acaba de cerrar. Sobre ellas, dibujando el horizonte por el norte se despliega la gran barrera cantábrica, mientras por el sur se extiende la llanura sin fin.

PeñacoradaVista desde la cima de Fuentes de Peñacorada, el Pico Moro, Peña Rionda y el Pico Cerroso.

Hasta donde estoy arriban dos jóvenes resoplando. Se quejan de la longitud del trayecto entre Cistierna y la cima. Según dicen, llevan toda la mañana andando. El caso es que yo no conozco esa ruta. Así que tomo la decisión de ir a Cistierna siguiendo el larguísimo contrafuerte occidental de la montaña, aunque ello suponga una buena caminata y me obligue a buscar algún medio de locomoción para retornar por carretera a Robledo.

Desciendo por la loma siguiendo una estrecha pero marcada senda, con el valle de Sabero al frente; a la derecha, Fuentes de Peñacorada; y a la izquierda, la llanada meseteña, donde relucen las naves, algunas abandonadas, del polígono de Vidanes.

En el paraje conocido como los Cuatro Vientos (1.710 m, 4,5 km), aunque la pendiente se atenúa, el terreno se torna más escabroso. Pese a ello, su tránsito no presenta complicaciones ni por el norte ni por el sur de la cresta. Hago la travesía por el norte; a mis pies la ladera se precipita hacia la pista que se dirige al santuario de la Virgen de la Velilla. El hayedo tapiza la falda de la montaña, pero desaparece pronto y hasta la divisoria sólo trepan algunos tejos.

PeñacoradaBajando de la cima hacia los Cuatro Vientos.

Sigo caminando por terreno cada vez más suave, mientras el Esla, a lo lejos, azulea al serpentear por el anchuroso valle donde se dejan ver las casas de Alejico, Aleje y Santa Olaja de la Varga.

Tras dejar a la izquierda una charca, a menudo seca en verano, avisto el verdegal que tapiza el piedemonte del Campo del Arca, el promontorio en cuya base se asienta Cistierna, justo al otro lado, aunque bastantes metros más abajo. El pinar, hendido por el espinazo calcáreo, prospera hasta el borde del pastizal, que ofrece dos salidas. Una por el sur, hacia el despoblado de Quintana de la Peña; y otra, la que tomo, hacia el norte (1.570 m, 6,8 km). A la vera del pinar, desciendo una empinada cuesta que me deja en el collado de los Ratones (1.428 m, 7,3 km), donde tiene su cabecera el arroyo de Redimora. Aquí la senda gira a la izquierda (oeste). Me refresco en la fuente que brota en el collado, y reemprendo la bajada por el sendero sin tomar ninguno de los caminos, más marcados, que se abren a mi derecha.

No tardo en dar con una pista forestal (1.310 m, 7,8 km) por la que prosigo rumbo a poniente entre hayas que, poco a poco, van dejando paso al bosque de pinos.

PeñacoradaEl larguísimo contrafuerte occidental de Peñacorada visto desde el Campriondo.

A la altura del Murrial, el cerro coronado con el estrafalario armatoste del repetidor, abandono la pista por el sendero de la izquierda (1.090 m, 10,1 km). Pocos minutos después, tras pasar cerca de la cueva de la Nevera, recalo en Cistierna junto a la residencia de ancianos (975 m, 10,9 km). Desde la cima de Peñacorada hay una distancia de siete kilómetros, una tirada considerable pero bastante llevadera.

Cistierna se recuesta contra las últimas estribaciones de Peñacorada, en un valle verde y plano como la palma de la mano. La carretera nacional, al atravesar la ciudad, se convierte en una calle estrecha, bulliciosa los fines de semana veraniegos y los días de feria, a la que se abren tiendas y bares.

El grueso del casco urbano queda al este de la vía. El Esla, en cambio, corre al oeste, escoltado, a ambos lados, por la línea férrea, que cruza el río al norte de la estación. La histórica línea del ferrocarril de La Robla, cerrada a finales de 1991 debido a su mal estado —un buen ejemplo del desmantelamiento de los servicios generado por la crisis de la minería—, fue reabierta al tráfico, en el tramo entre León y Guardo, en 1994. Nueve años más tarde, el 19 de mayo de 2003, volvió a funcionar también el tramo entre Guardo y Bilbao. Convertida en parte del Transcantábrico (que, además, enlaza Bilbao con Ferrol y se prolonga en autobús hasta Santiago de Compostela), la línea cuenta con un indudable potencial turístico.

Impulsada por la expansión minera de los años autárquicos, la localidad de Cistierna llegó a tener 4.295 habitantes en 1960. Después, durante un tiempo, fue capaz de frenar la sangría demográfica que afectó, desde ese año, a todos los núcleos carboneros leoneses. Esta circunstancia fue posible gracias a que su carácter de centro comarcal se vio potenciado en 1963 con la creación del Partido Judicial de Cistierna, sucesor del de Riaño ante la proyectada construcción del embalse. Un acontecimiento que supuso el traslado a Cistierna de servicios básicos, como el juzgado de primera instancia, la notaría o el registro de la propiedad.

Pese a ello, hoy la población de Cistierna apenas alcanza tres mil habitantes. Indudablemente, la crisis ha hecho mella también en el centro comarcal y de servicios del cuadrante noreste leonés, un centro que tiene una dura competencia en la localidad palentina de Guardo, mucho más poblada (ocho mil habitantes) y distante de Cistierna apenas treinta kilómetros. De poco ha servido —al menos de momento— el polígono industrial construido en 1994 con los fondos de la reestructuración carbonera en la vecina localidad de Vidanes. Pocas empresas asentadas en él, un proyecto sólido (Seprolesa) y algún fracaso sonado (Enervisa) resumen, en lo económico, más de tres lustros de esperanzas frustradas.

Distancia (total) 10,9 kilómetros
Ascensión acumulada 750 metros

Mapa de la ruta Track Wikiloc
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