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Torre del Hoyo de Liordes. La canal Honda

Más allá del Peñón Chico, los verdes y suaves pliegues de la cordillera componen una apacible imagen salpicada de amables praderas, valles amenos, y sombrosos bosques, apenas interrumpidos por la blanquecina y sinuosa cinta de la carretera que baja de la explanada de Pandetrave. El lejano horizonte es montañoso, pero de unas montañas amansadas por el tiempo, con acogedores somontes cobijadores de aldeas, y en cuyas abras se asoma el plano de la meseta.

Éste es el cuadro que se contempla cuando, desde la collada de Chavida, se vuelve la vista hacia el sur. En cambio, al norte, los voladeros del Llambrión, duros, arduos y amenazadores, se encrespan sobre la minúscula y casi única nota de verdor de collado Jermoso.

Absorto en este contraste, en el azul de una mañana de septiembre, me vienen a la memoria las vueltas y revueltas que di hace ya muchos años, la primera vez que intente ascender a la Torre del Hoyo de Liordes. Buscaba una vía fácil inspeccionando las canales noroccidentales de la montaña, las que bajan al Hoyo Chico.

Hoyo de LiordesCara noroeste de la Torre del Hoyo de Liordes (clic en la imagen para ampliar).

Siguiendo algunas indicaciones bibliográficas, me adentré en la canal Honda, una canal, hasta donde es transitable, no muy empinada, pero sí bastante incomoda, pues el terreno, sombrío, pulido y resbaladizo, obliga a una fatigosa progresión, buscando continuamente apoyos en las paredes laterales del corredor.

Pese a ello, se llega pronto a un primer resalte, de no mucha enjundia, que se supera bien por la derecha, primero, ascendiendo en diagonal hacia el centro del canalón, y después, alejándose de él, describiendo un torno para salir junto a la pared diestra.

Viene después un corto trecho de aspecto similar al inicial, es decir, terroso y algo deslizante. Los neveros pueden perdurar en esta zona incluso todo el verano.

Luego, la canal se yergue, volviéndose infranqueable. Es preciso abandonarla por su lateral derecho, hacia donde se ensancha ligeramente.

Este lateral presenta dos escalones.

El primero, un zócalo rocoso no muy alto cuyo principal problema estriba en que suele rezumar algo de agua, da paso a una pequeña terraza sobre la que se eleva el segundo peldaño: una pared vertical de unos seis metros y ligeramente extraplomada en su base. Este es el principal obstáculo del itinerario, y no es, precisamente, un obstáculo menor.

Buscando un paso razonable me metí en la chimenea que se abre en el borde derecho de la pared. Su tramo más comprometido, estrecho y vertical, se puede superar gracias a las buenas presas de mano situadas en el fondo de la hendidura, que permiten, con la ayuda de la fricción del cuerpo contra las paredes, colocar los pies en los dos apoyos existentes en el interior de la fisura para auparse y salir de ella por su borde izquierdo. Se alcanza así un pequeño rellano del que se sale también por la izquierda.

La chimenea da acceso a una zona pedregosa y fácil, por la que, tirando siempre hacia la izquierda se sale a la pendiente cimera, que no presenta ya ningún problema.

No ocultaré mi decepción por lo penoso de la vía: la mezcla de umbría, terreno deslizante y pasos arduos y complicados, aunque posiblemente sea la quintaesencia de la montaña, no es mi idea de lo que significa disfrutar de la naturaleza.

Pero, en fin, era lo que había, y en aquellos momentos me pareció que no subiría muchas veces más a la cima de la Torre del Hoyo de Liordes. No podía ni sospechar lo equivocado que estaba.

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