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El Escaño y el Alto de la Triguera

Para contemplar con la suficiente perspectiva la vertiente meridional de las Peñas Cifuentes, lo mejor es dirigirse a alguno de los puertos o montañas comprendidos entre la Gabanceda y el Coriscao.

EscañoA la derecha, el Coriscao y el valle del Puermán. Al lado del Coriscao, el Escaño. A la izquierda de la imagen, el Mostajal.

Desde la cima de la Gabanceda, y casi desde cualquier punto de su ruta normal de ascenso, la que parte de Pandetrave, disfrutaremos de buenas vistas del cordal del Friero.

Por su parte, el Coriscao, cumbre fácil de coronar desde San Glorio, mira de frente al horizonte de los Urrieles y su avanzadilla, la alineación de Remoña.

Coriscao EscañoEl Coriscao y el Escaño desde el collado oriental de la Gabanceda (clic en la imagen para ampliar).

Buscando un itinerario menos concurrido que los habituales, me encuentro, a mediados de un mes de diciembre hasta ahora parco en nieves, en la curva que, desde el sur, da paso a la subida final al puerto de Pandetrave, lugar ubicado a 1.425 metros de altitud y 7,5 kilómetros de Portilla de la Reina.

Muy cerca se unen los arroyos Mostajal y Puermán. El primero viene de las faldas del Alto de la Triguera; y el segundo, del flanco meridional del Escaño. Dos montañas unidas por una larga cresta, muy interesante, entre otros motivos, por las cambiantes vistas que ofrece del conjunto de Picos de Europa.

EscañoEl cordal del Escaño desde las Joyas de Pedejo (clic en la imagen para ampliar).

Con el objetivo de conseguir una buena panorámica del grupo de Remoña, mi idea es ascender al Escaño siguiendo el curso del Puermán, recorrer la cresta hasta el Alto de la Triguera y regresar por el valle del Mostajal. En total, unos 15 kilómetros y un desnivel acumulado de algo más de mil metros.

Parto rumbo a naciente por la pista que corre a la derecha del Puermán y se adentra en un somero hayedo. El bosque y la pista desaparecen pronto, dando paso a amplias praderas cruzadas por un difuminado camino. Pese a ello, no hay problemas de orientación, enfrente, hacia donde rompe el arroyo, se divisa el collado que debo ganar, de él me separa una buena cuesta tapizada de brezos, carente de obstáculos y salpicada de algunos abedules en su mitad inferior.

EscañoEl Escaño.

Aprovechando trochas poco marcadas subo hasta el último abedul, a su lado la senda se hace más patente, y sigue así durante un trecho. A unos 1.800 metros de altitud, cruzo la vaguada para progresar, campo a través y en decidido ascenso, por la margen derecha del torrente, un terreno más herboso, adornado por algunos neveros.

Salgo así, sin muchos contratiempos, al alto collado (2.051 m, 3,1 km) que se abre al sur del Escaño. La cima de esta montaña se yergue muy cerca, apenas setenta metros más arriba (2.121 m, 3,5 km).

Desde esta destacada atalaya se divisa un amplio panorama que incluye los tres macizos de Picos y un amplio sector de la cordillera, desde Peña Sagra y Tres Mares a Ten y el Gildar. Más cerca, se alzan el Coriscao, Peña Prieta y su cordal, el Espigüete, Vallines y las Corcadas.

EscañoEl cordal de Peña Prieta desde la cima del Escaño.

Un excelente paisaje, merecedor de atenta y dilatada contemplación si no fuera por el viento helador que, levantando pequeñas partículas de nieve, sopla con fuerza desde saliente.

Además, para lo que me interesa en esta ocasión, la vista de Picos presenta un inconveniente: el cordal de Remoña no se recorta en el horizonte, sino que su silueta se pierde en el amasijo formado por las torres del Llambrión, mucho más altas que las de Remoña.

Obviamente, el problema reside en la altura del Escaño y su excesiva distancia a Picos. La solución para conseguir una imagen del grupo de Remoña dibujado en el cielo no es menos obvia: acercarse a él y perder altura.

Esto es precisamente lo que hace la cresta que enlaza el Escaño con el Alto de la Triguera. De la cresta surgen hacia el este dos contrafuertes: el de Somo y el del monte Valjierro. Este último arranca casi del mismo Alto de la Triguera, y, por su cercanía a Remoña, parece el lugar idóneo para conseguir la imagen que deseo.

Reanudo la marcha por el poderoso ramal del Escaño, frontera entre León y Cantabria, y límite, como atestiguan numerosos letreros plantados cada poco, del Parque Nacional de Picos de Europa.

EscañoEl cordal del Escaño desde el Alto de la Triguera.

Desciendo con el zurrusco a la espalda, y en los collados batiendo con furia desde la derecha. En los abrigaderos me demoro, hago generosas paradas para dejarme acariciar por el resol, espantar el frío y levantar el ánimo.

De esta guisa, mirando de reojo los imponentes cortados que dan a la Liébana, me voy aproximando por fácil terreno calizo al amplio collado del Mostajal (1.926 m).

Flanquean el collado dos promontorios poco más altos que él, ninguno de los cuales llega a los dos mil metros.

Al primero (1.997 m, 5,1 km) le dicen Mostajal, como al collado, y, si se quiere, se puede alcanzar directamente desde la carretera.

El segundo, algo más bajo (1.979 m, 5,8 km), pero también un perfecto vigía de la carretera de Pandetrave, conserva en su cima las ruinas de lo que a buen seguro fueron puestos defensivos en la guerra civil.

Uno piensa en las duras noches de invierno pasadas en estas alturas, con la única protección de unos precarios muros de piedra, y siente más frío aún que hace un rato, cuando el solano, ahora ya más calmado, soplaba sin descanso. Uno piensa también en la montaña mancillada a cañonazos, y en el infierno que debió de ser para otros lo que hoy para mí es un paraíso. Sombríos pensamientos con los que reemprendo el descenso.

En el recoleto collado de la Beguerina (1.845 m, 6,6 km), la falla del Coriscao es la frontera entre las calizas westfalienses que he venido pisando, y el terreno de lutitas y areniscas cubierto de vegetación de porte arbustivo que tengo delante.

Hago un paréntesis en mi ruta para bajar por tierras cántabras a la cercana fuente de la Beguerina (1.820 m), el impetuoso hontanar que brota de la misma peña y alumbra al río Canalejas.

De vuelta al collado, mientras remonto el corto repecho de la cerra de la Beguerina (1.876 m, 6,8 km), nutridos grupos de rebecos y de ciervos, inquietos ante mi presencia, corren por las laderas.

Por la divisoria, una flamante alambrada sustituye ahora a los carteles del Parque Nacional, dificultando el trasiego de animales entre las dos vertientes del cordal. Quien dijo que no se le podían poner puertas al campo no conocía de verdad al ser humano.

ValjierroEl sendero del Arrudo va por encima de la pista, al pie de los resaltes del monte Valjierro.

En el suave collado del Somo (1.687 m, 7,9 km) se abren dos opciones: seguir por el cordal, remontando la pina pendiente que conduce a la cima del Alto de la Triguera, o penetrar en tierras lebaniegas, enfilando hacia el noreste por el horizontal sendero del Arrudo, un camino que rodea el monte Valjierro y desemboca en la majada de Bustantivo.

Opto por esta última alternativa. La sosegada caminata me lleva nuevamente a un escenario dominado por las calizas carboníferas, donde reposan, al abrigo de los paredones del Valjierro, las ruinas de una majada. En estas amenas soledades, el confiado y presumido acentor alpino hace un alto en su faena para verme pasar, mientras el buitre, más receloso, salta al vacío y se aleja planeando.

BustantivoLa majada de Bustantivo.

Al trasponer la loma (1.690 m, 9,2 km), la senda confluye con el camino más ancho que baja a Bustantivo. Aquí, con una buena vista ya de Remoña y su cordal, abandono la comodidad del sendero y me encaramo a la cresta del monte Valjierro.

El terreno, empinado y algo expuesto en ocasiones, no presenta grandes dificultades. Pronto, además, se amansa gracias a acogedoras praderillas intercaladas en la fragura del monte.

Me detengo en la primera de dichas praderas (1.780 m) porque enfrente tengo la imagen de Remoña que buscaba: desde el Caben y la canal de Pedejo hasta Campodaves, con todas las cumbres del cordal perfectamente recortadas en el celaje.

Peña RemoñaDe izquierda a derecha: la canal y el Tiro de Pedejo, la Peña la Regaliz, las tres torres del Alcacero (la más oriental, justo en la mitad de la imagen) y Peña Remoña. Abajo a la derecha, moldeada por una lengua glaciar, la suave pradera de Campodaves; y detrás de ella, al fondo, Peña Vieja, Peña Olvidada y el circo de Fuente Dé (clic en la imagen para ampliar).

Sobre el camino de los Lebaniegos, lucen también las tres canales meridionales del cordal: la oriental, casi plana y muy pina, se desploma vertiginosa hasta Campodaves desde la cumbre de Remoña; la central, más amable, cae del Alcacero, formando al final los surcos que separan Campodaves de Valcabao; y la canal occidental, la más enrevesada, frunce la montaña por debajo de la Regaliz.

Me pregunto si serán transitables. Aunque parece obvio que la canal central sí lo es, para salir de dudas no habrá más remedio que tantear el terreno. Pero eso será otro día.

Mientras analizo los entresijos de Remoña, un numeroso grupo de chovas piquigualdas dibuja cabriolas en el aire. Las dos más confiadas aterrizan a mi lado dispuestas a compartir mi bolsa de frutos secos. Extiendo mi mano hacia ellas con unos cuantos cacahuetes en la palma; las aves se acercan sin excesiva aprensión y los cogen con delicadeza. Se trata de unas chovas con muy buenos modales.

Chova

Me despido de mis enlutadas amigas, entregadas de nuevo a sus volanderas piruetas, y reanudo el ascenso hacia el Alto de la Triguera. Desde su cima (1.921 m, 11 km), que corono tras dejar atrás una cumbre ligeramente más baja (1.895 m, 10,5 km), las vistas son también excelentes.

Alto de la TrigueraEn primer plano, el Alto de la Triguera.

El sol está cayendo rápido, demasiado rápido, y muy al sur, demasiado al sur, cuando, para regresar, me descuelgo directamente al collado del Somo (1.687 m, 12,1 km).

Después, atravesando praderas interrumpidas por tenues escobales, continúo bajando hacia donde el sol comienza a ocultarse. Dejando a la derecha el valle de Cadrieda, alcanzo la orilla del Mostajal a la altura de una pequeña hoz labrada por el río (1.600 m, 12,8 km).

Ya sólo me resta seguir el sendero que corre por la margen izquierda, dejando al arroyo cada vez más abajo. El relajado descenso me pone pronto en un verde rellano (1.530 m). Entre los montones de piedras que una vez fueron los muros de las cabañas levantadas en este lugar, descansa un indicador en el que se lee «Ruta vadiniense».

La senda baja de nuevo a la orilla del arroyo para cruzar un hocino, vadear el Puermán y salir, llegados ya el relente y la sonochada, a las praderas donde inicie la ruta.

Distancia (total) 15,2 kilómetros
Ascensión acumulada 1.100 metros

Mapa de la ruta Track
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